Los dilemas morales del abogado

Ser abogado es un trabajo duro pero a menudo satisfactorio y gratificante, siempre que el trabajo consista en defender a alguien en cuya inocencia creamos – al menos, parcialmente. ¿Pero qué ocurre cuando al abogado le toca defender a un criminal, incluso a un asesino autoconfeso? En esta situación, el abogado afronta un gran dilema moral.

Por un lado, es comúnmente athinkstockphotos-178714734-1063x696ceptado que todo ciudadano tiene derecho a una defensa y a un proceso justo y con garantías, y esto incluye a la figura del abogado defensor. Incluso en aquellos casos en los que la culpabilidad del acusado parece más evidente, es preciso darle un espacio para defenderse y alegar sus argumentos, y ello no sería posible sin la figura del abogado.

Pero imaginemos ahora un caso. Se trata de un hombre acusado de asesinar a un asesino. Él niega ante el público de forma reiterada su culpabilidad, pero en conversaciones privadas con el abogado, una vez establecida una relación de confianza, le confiesa que él cometió el homicidio. El abogado es consciente de que su cliente tiene una coartada que le salvará de ir a la cárcel, y sabe también que el secreto profesional y el código deontológico del colegio de abogados le obliga a guardar silencio en relación a la confesión. Pero, ¿es también preciso que siga defendiendo a su cliente, mintiendo a sabiendas en el juicio y fomentando que un asesino no sea juzgado por sus crímenes? ¿Sería un buen abogado si renunciara al caso? ¿Sería un buen ciudadano si no lo hiciera?

El dilema moral sería enorme, y no parece haber una solución fácil o correcta para él. No obstante, se trata de una situación relativamente frecuente a la que tarde o temprano muchos profesionales del derecho van a tener que hacer frente. Lo importante es actuar de la forma que mejor se adapte a la consciencia de uno mismo.